Las gotas sonoras se desplazan resbaladizas tras el cristal. Se pierde la visión del tiempo que transcurre incesante. El tiempo que jamás se detendrá, ni por tí, ni por mí. Llueve, y la lluvia hace ríos por las aceras vacías, solitarias. Uno que otro taxi llevando a los viajeros a su destino. Con su paraguas bajando de prisa buscando refugio bajo algún portal. Llueve, llueven nostalgias infinitas, versos, letras con poesía que fluyen y mojan los pensamientos de tantas cosas de ayer. Mi torpeza de no saber comprender al mundo de afuera y su Vaivén. La nieve a punto de caer sobre mis cabellos, mientras mis ojos contemplan la inocencia que nunca se fue. Un canvas en el sentimiento donde queda plasmada la imagen de un niña que dibuja tras el cristal un corazón. Que con su vista empañada mirando, no mira nada, pero siente gotear el ¡Drip! ¡Drip! De la lluvia como lágrimas que cantan soledad. Ella siente los besitos de su madre, y el arrullo protector de su padre. Sus ojitos bailan al ritmo de la lluvia, al ritmo de sus latidos que poco a poco tras el cristal se apagarán. Llueve… ¡Silencio! Llueve, el caudal del río ha crecido como sus corrientes, como la melodía que va cantando sin parar.

© Esperanza E Vargas